“En esta soledad infinita, donde el tiempo y el espacio
reposan al amparo de los viejos, cal y canto se conjugan
aprisionando en el viento voces, luz y fe del hombre…”
San Javier…Viggé Viaundó, las tierras altas.
Por Yolanda Tafoya Ruiz
Hay lugares de poder donde los espíritus de la tierra, el agua y el viento hablan en silencio con el alma. Hay lugares donde se tiene la visión alucinada de lo sagrado, donde el tiempo es otro.

Espacios sincrónicos de la realidad donde los sueños, los recuerdos y la niebla comparten una misma sustancia con el viento… donde el olvido es como sombra del silencio.

San Javier, Vigge Viaundó es uno de ellos.
Enclavado en la parte más escarpada de la sierra de la Giganta, aproximadamente a unos 35 kilómetros al suroeste de Loreto, B.C.S., justo en el ojo de agua de Viaundó, se erigen los muros de esta Misión, segunda de la California Jesuítica, fundada en el siglo XVIII.
Espacio que nace como una pequeña capilla dirigida por el padre Francisco María Píccolo y abandonada un año después por ataques de indios hostiles, para en 1700, reestablecerla con la ayuda de indios yaqui, al frente del padre Ligarte.
No es sino hasta 1744 que el padre Miguel del Barco inicia la construcción del actual edificio misional, terminado y bendecido en abril de 1758, después de varias interrupciones en su edificación.
Construida de cal, piedra de cantera y la inquebrantable fe de gigantes de humildes vestiduras, se mantiene hasta la fecha casi en perfectas condiciones.
“Conquista negada al soberbio Cortés y destinada a cazadores de almas”.
Pero más allá de fríos datos plasmados en el papel, San Javier se cubre de esa magia que lo envuelve en la bruma del pasado estacionada en el presente, alimentada por las costumbres de su gente que se resiste a formar parte de una modernidad avasallante, destructiva.
Apasionados de sus silencios, santos y milagros, sus fieles avivan esa magia, acrecentándola año con año en largas procesiones que parten de todos los rincones de la Sierra y más allá de la línea que limita a Baja California Sur del resto del mundo, para venerar a San Javier, darle gracias por los dones recibidos y pedirle su protección.
Las voces de los ancianos se entretejen bajo la brisa del atardecer – aún de los que ya han partido- … “Antes había casitas de adobe, de rama”, contaba doña Helena, con sus 85 años de edad a cuestas, nativa del lugar y madre de diez hijos.

“Vivíamos de raíces, de sayas, mezcal tatemado y miel de abeja. Las mujeres molían nixtamal, trigo, hacían las labores de la casa; los señores trabajaban en el campo, algunos se iban a la Isla del Carmen.
“Las fiestas del santito eran muy bonitas y no venía tanta gente como ahora. Había como unas ocho casitas, ahora ya está más grande. De Loreto para acá se hacían dos días a paso de bestia, no había otra manera de llegar, solo una vereda”, comentaba nostálgica doña Helena, mientras atizaba la lumbre del fogón alguna fría tarde en que compartiera fragmentos de un pasado muy suyo.
El profesor Ismael Meza Davis, apreciado por toda la comunidad Loretana y San Javierense, conocido cariñosamente como “el profe” o “May”, quien pasara sus mejores aventuras infantiles en esta Sierra de la Giganta y con sus rancheros, afirma… “llegar a San Javier significa encontrar a gente sencilla, hospitalaria, cálida, de gran corazón, personas de puertas abiertas, sin importar la procedencia del visitante.
“Es difícil describir a través de un texto o relato esta atmósfera, solo quien lo vive puede saberlo. El ranchero de la Sierra de San Javier es única. Se engaña quien cree que ellos necesitan de nosotros, que tenemos algo que darles, son ellos quienes tienen mucho para dar… es mucho lo que tenemos que aprenderles.
“La energía que emana de ellos, de su iglesia, de esos muros es algo indescriptible, una fuerza que nos permite crecer espiritualmente”, finaliza diciendo.
“Este es un pueblo bendecido por Dios, lleno de tradición, trabajo y esfuerzo de rancheros, campesinos y agricultores”, asegura el párroco de Loreto, quien cada semana sube a esas tierras altas a oficiar y al que no deja de asombrar la fe de sus habitantes, quienes pese a la distancia conservan aún muchas de las costumbres de los antiguos misioneros.

Los olivos que fueran sembrados por las pacientes manos jesuíticas, se yerguen silenciosos como mudos testigos de la titánica labor emprendida por quienes los depositaran en el surco, guardando en sus intrincadas raíces los murmullos de los viejos y los sueños de quienes hoy bajo su sombra moran.
Miguel León Portilla, uno de los más destacados historiadores del país y quien de manera frecuente visita la Misión de San Javier, afirma que “todos nos acercamos a la historia desde nuestro presente, historia que interesa por el presente y futuro, por que en ese pasado están nuestras raíces.
“Baja California Sur es muy rica en su historia, tiene culturas indígenas que en medio de grandes dificultades crearon obras de arte tan extraordinarias como las pinturas rupestres.
“San Javier es tan importante que no importaría el lugar en donde se ubicara, la gente iría igual a visitarla como lo que es, una obra digna de admirarse.
“Nuestras raíces, comenta, nos dan un presente más seguro, vivimos a veces en momentos de crisis, pero esa crisis la podemos superar si pensamos que tenemos un gran legado de Cultura”.
Esta energía que emana de la Misión parece alcanzar a sus moradores. Hoy aún retumban entre los impresionantes cañones que abren paso al encuentro de estas tierras altas, las palabras dichas a aquellos jóvenes y longevos religiosos de “diminutas aldeas y paupérrimos monasterios, que partieran a la Nueva España, desde Austria, Alemania, Hungría y Yugoslavia, a la conquista de almas”… las almas de las Californias.

“Habrás de ir a tierras lejanas, tierras desiertas, muy ardientes y amargas. No hallarás en meses o años, alguien más que hable tu idioma.
Todo te será hostil, hasta el propio piso alfombrado de espinas y alimañas. Día con día procurarás tu alimento como lo hace las aves o como las fieras…
Y habrá veces en que tus labios no conocerán más agua que la del rocío. Por techo tendrás el cielo, y en el día quizá no encuentres más sombra que la de tu propio sayal.
Y en medio de tan pavorosa inmensidad, amarás al bárbaro que busca tu muerte con dardos silenciosos.
Y cuando te sientas desfallecer, en tu delirio entenderás que Dios te puso ahí para sembrar en las almas, jardines que jamás verás.
¿Aun quieres ir a las Californias?”

En esta soledad infinita, donde el tiempo y el espacio reposan a la diestra de los astros, murmullos aprisionan en el viento las suaves sandalias del pie evangelizador, que un día abriera las entrañas de esta tierra para dar paso a muros, torres y rezos que cubrieron y cubrirán por siempre, el frío del alma y el vacío de luz.
Nota de la Redacción. Este trabajo periodístico se publicó en la edición No. 1, de Análisis Periodísticos BCS, de enero del año 2001.
