Morena no solo se juega alianzas, se juega credibilidad. El partido no puede convertirse en refugio de trayectorias erráticas sin costo interno. Para ciertos actores, los principios son intercambiables cuando se aproxima un nuevo ciclo electoral.
En la política sudcaliforniana, Saúl González Núñez es el morenista con aspiraciones a la candidatura a la gubernatura que menos polémica genera y si más cálculo y trabaja con una mayor estrategia política, ya que, como actor político, se mueve dentro de las reglas del proyecto sin confrontaciones públicas en su partido y sin renegar su identidad política.

Por eso, en el reciente reacomodo de actores en el tablero político de Baja California Sur rumbo al 2027, ha generado una reacción inmediata tanto en la militancia de Morena como en sectores ciudadanos atentos a la congruencia del discurso público.
No se puede negar la aparición constante de Saúl González Núñez en Los Cabos introduce un contrapunto político relevante, donde ha estado trabajando en materia de seguridad y de protección civil desde hace 3 años, que a diferencia del ruido generado por el ex priista, el ex panista y ex de otros partidos Ernesto Ibarra, la presencia de González Núñez ha sido percibida como la de un operador institucional con trabajo territorial, diálogo con sectores productivos y una narrativa menos estridente.

Ahora, la aproximación -directa o indirecta- de Ernesto Ibarra al entorno de la presidenta municipal de La Paz, Milena Quiroga, ocurre de manera simultánea a la creciente visibilidad de Saúl González Núñez en Los Cabos, y no puede leerse como un hecho aislado.

En la base militante de Morena, particularmente en La Paz, el sentimiento predominante ha sido de incomodidad y rechazo frente a cualquier intento de normalizar la cercanía con Ernesto Ibarra. No se trata de una animadversión personal, sino de memoria política. Ibarra fue, durante años, un crítico frontal del movimiento, con declaraciones públicas que descalificaron a Morena y a sus gobiernos, cuestionando su ética, su rumbo y su conducción. Para muchos militantes, ese historial no se borra con una fotografía, un saludo institucional o una coincidencia coyuntural. La reacción ha sido clara: Morena no puede convertirse en refugio de trayectorias erráticas sin costo interno.

En el ámbito ciudadano, la lectura es menos ideológica pero igual de severa. En redes sociales y conversaciones públicas se repite una percepción: el acercamiento de Ibarra a figuras de la 4T parece responder más a oportunismo político que a una convicción real.

Este tipo de movimientos alimenta el hartazgo social frente a los llamados “cambios de camiseta” y refuerza la idea de que, para ciertos actores, los principios son intercambiables cuando se aproxima un nuevo ciclo electoral.

En este contexto, la postura de Milena Quiroga ha sido interpretada de maneras encontradas. Para algunos sectores, su prudente silencio y su énfasis en la gestión municipal reflejan una estrategia de contención: no abrir un frente interno innecesario ni legitimar explícitamente una incorporación que la propia estructura partidista ha puesto en duda. Para otros, sin embargo, esta ambigüedad corre el riesgo de ser leída como tolerancia política, lo que puede erosionar la confianza de una militancia que ha defendido con costos reales la identidad del movimiento.

La simultaneidad no es menor. Mientras Milena Quiroga consolida su base en La Paz bajo el escrutinio de una militancia exigente, Saúl González Núñez gana visibilidad en Los Cabos sin cargar con el lastre de declaraciones pasadas contra Morena. En medio queda Ernesto Ibarra, como un factor disruptivo que obliga al movimiento a definirse: o se privilegia la congruencia y la memoria política, o se normaliza la incorporación pragmática de perfiles que ayer fueron adversarios abiertos.

El episodio, en suma, revela una tensión estructural rumbo a los próximos años: la disputa entre unidad sin principios y principios que ponen límites a la unidad. La reacción de la militancia y de la ciudadanía indica que, al menos en Baja California Sur, esa discusión está lejos de resolverse y que cada movimiento -cada foto, cada gesto- será leído con lupa. Morena no solo se juega alianzas; se juega credibilidad.
