Mié. Jun 10th, 2026

El impostor

Dic 10, 2025

Por Sven Itzcóatl Amador Marín

Soy un exiliado de la corrupción y la impunidad, un migrante del interior de la República y un hijo adoptado de estas tierras peninsulares, aunque durante años cargué con la etiqueta de ser un hombre sin arraigo. Sin embargo, no fue sino hasta mediados de noviembre de 2025 que tuve que colocarme una nueva etiqueta: identificar el tipo de discapacidad asociada a mi condición para registrar mi propuesta en el VII Parlamento Inclusivo, organizado por el Congreso del Estado.

Hacía apenas dos años que había recibido un diagnóstico clínico: autismo grado 1 de alto rendimiento. Todo comenzó hace un lustro, cuando nos adentramos en el mundo de la neurodivergencia por mi hijo. Al intentar comprender su universo, surgieron las dudas sobre el mío. En las consultas, los especialistas describían rasgos de su condición que a mí me parecían simplemente “normales”, hasta que decidí evaluarme. Aquello marcó el inicio de un proceso de reconciliación, una reinterpretación de mi historia y mi identidad, pero, sobre todo, fue el armamento de herramientas necesario para buscar que, en nuestro hogar, quepamos todos.

Aun así, confieso que me sentí extraño al colocar en la casilla del formulario de registro como tipo de discapacidad, la “psicosocial”. Y durante las actividades del Parlamento, esa extrañeza mutó en algo más: me sentí un impostor.

No lograba integrarme ni conectar del todo con las experiencias y desafíos físicos o sensoriales del resto de los participantes; pero tampoco encajaba con el bloque de anfitriones que, con gran eficiencia, organizaron el evento. Estaba en un limbo. Durante las mesas de trabajo, mi mente aprovechó la genuina y dolorosa denuncia de una madre sobre el olvido legislativo para proponer algo técnico: la creación de un Comité Mixto de Seguimiento y Enlace.

La lógica fue que debíamos rescatar lo viable de parlamentos anteriores y monitorear lo nuevo. Esa fue mi aportación: dotar de estructura y método a esa propuesta. Sin embargo, de regreso a mi localidad de Guerrero Negro, acompañado por el paisaje desértico, en el estéreo sonaba el track “Berghain” del nuevo disco Lux de Rosalía. Entre los coros alemanes, la voz repetía una sentencia que se me clavó en la memoria: “Sein Blut ist mein Blut” (Su sangre es mi sangre).

Esa frase martilleante funcionó como un conjuro. Mientras la canción insistía en esa fusión sanguínea, caí en la cuenta de mi error en tribuna: hablé de leyes y comités, pero callé la sangre. Me protegí en lo técnico y olvidé lo vital. Dejé pasar la oportunidad de sintetizar las ideas que me traen aquí y que ahora puedo recuperar con un enfoque nuevo. Porque he conocido a gente que ha vivido y normalizado los márgenes, la discriminación no solo por motivos de alguna disminución en sus capacidades, sino por estructuras sociales que persisten.

Yo mismo fui víctima de esa marginación junto con mi familia cuando mi padre tomó la decisión de huir a estas tierras de la Baja California, ante amenazas de miembros de ciertos cuerpos de seguridad que descartó denunciar por la impunidad rampante. Esta situación nos arrancó de nuestro lugar de origen en Aguascalientes. “El desarraigado”, me decía nuestro obispo Miguel Ángel Alba durante mi paso por el discernimiento sacerdotal, al no hallar a qué parroquia adscribirme por un activismo que me llevó por toda la geografía del Estado.

Pero el obispo se equivocaba en algo: mi arraigo no estaría en un código postal, sino en el duelo sembrado en esta tierra. Porque Baja California Sur nos cobró caro el asilo: mi padre falleció vencido por el cansancio de recorrer esa carretera transpeninsular interminable y traicionera que conecta nuestros olvidos; y mi hermano mayor, en un trágico accidente, fue reclamado por las aguas de la laguna Ojo de Liebre. Ahí, entre el asfalto y la salmuera, dejamos de ser migrantes para volvernos deudos de la península.

Sin embargo, esta tierra no solo exigió tributo; también ofreció redención. Porque fue aquí donde decidí dejar de huir y echar raíces propias. Aquí uní mi camino al de mi mujer y aquí he visto crecer a mis dos hijas. Ellas, junto con mi hijo, son la prueba viviente de que mi historia en la Baja ya no es la de un exiliado que perdió su pasado, sino la de un hombre que, contra todo pronóstico, aquí encontró su futuro.

En aquellas labores pastorales acompañé a una juventud silenciada que pujaba por ser escuchada al tiempo que sufría los estragos de la desintegración familiar y las adicciones. Fueron años caminando junto a ellos y nunca dejó de sorprenderme esa fuerza de la naturaleza que representa la juventud. También pude entrar en contacto con otras personas de la periferia: besé los pies curtidos por el salitre de los pescadores en Santo Domingo; conviví con los presos de los CERESOS y escuché el silencio de los ancianos en los asilos de La Paz y Santa Rosalía. Aprendí de una migrante oaxaqueña en la parroquia de Nuestra Señora de Lourdes la mejor lección de ética y economía: “los bienes son para remediar los males”.

La vida me ha llevado a muchos sitios de la periferia sudcaliforniana, desde colonias como Los Cangrejos en Cabo San Lucas hasta centros de rehabilitación en Guerrero Negro e incluso me aventuré en las Caravanas de Salud hacia poblaciones al este de Las Pocitas, comunidades que aparecen retratadas en el documental Los otros californios, olvidadas por el tiempo y la burocracia. Afanados en nuestras luchas diarias, no nos detenemos a pensar en todas esas personas que necesitan que se les visibilice, se les reconozca y se les valide.

Mi itinerario personal no es una excepción, sino un espejo de lo que ocurre cuando los gobiernos no llegan a los rincones donde la vida sucede.

La vida me ha llevado a los rincones donde la “sudcalifornidad” resiste, pero donde el Estado falla. Es cierto que nuestra geografía impone desafíos logísticos, pero existe un imperativo legal y moral de proveer bienestar a todas las personas, sin importar cuán lejos vivan del pavimento de la carretera peninsular.

Durante mi participación en el Parlamento Inclusivo, escuché voces exigiendo cuestiones que yo ingenuamente pensaba solventadas: infraestructura básica, oportunidades laborales, materiales didácticos. Al mismo tiempo, persisten prácticas asistencialistas que invisibilizan la personalidad del individuo con discapacidad, reduciéndolos a sujetos de caridad.

Durante años, me acostumbré a enmascarar mi falta de capacidades de socialización para encajar en los grupos, logrando cierto éxito profesional a costa de un gran esfuerzo interno. Pero en el Parlamento Inclusivo, ese enmascaramiento no funcionaba, porque fue de nuevo la canción “Berghain” la que me dio la clave.

En su parte en español, la letra confiesa: “Solo soy un terrón de azúcar / Sé que me funde el calor / Sé desaparecer / Cuando tú vienes es cuando me voy”.

Esa es la descripción más cruda de mi condición. En el Parlamento, el “calor” de la realidad ajena -la discapacidad motriz, la ceguera, la barrera física- fundió mi “terrón de azúcar”, deshizo mi disfraz de normalidad. Me sentí un impostor porque mi estrategia de toda la vida ha sido “saber desaparecer”, diluirme para no incomodar, mientras que mis compañeros estaban ahí para hacer exactamente lo contrario: aparecer, hacerse visibles y ocupar el espacio que se les niega.

Sí, me sentí un impostor. Pero hoy entiendo que mi rol no era competir en sufrimiento, sino aportar la estructura que mi mente neurodivergente exige. El Comité Mixto de Seguimiento que se propuso no es frialdad; es la forma en que un “terrón de azúcar” que teme fundirse construye un refugio sólido para todos. Es la garantía de que las voces de este Parlamento no desaparezcan como yo solía hacerlo, pues la empatía sin método es efímera.

Ese Comité es mi forma de honrar el arraigo que me costó la vida de mi padre y mi hermano. Es la garantía de que las voces de este Parlamento -y el rescate histórico de los seis anteriores- no se pierdan en el archivo muerto. Quizá llegué sintiéndome un extraño, pero me regresé con la certeza de que mi obsesión por la justicia técnica es la pieza que faltaba para que, por fin, dejemos de simular y empecemos a legislar.

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