Por Arturo Meza Osuna
Su vida transcurría serena y plácida. Disfrutaba de un sueldo jamás soñado, de prestaciones insólitas y de la comodidad que le proporcionaba su casi anonimato. Nada empañaba la fantasmal existencia de Rigoberto que nunca causó controversias con alguna iniciativa de ley; los periodistas no lo consideraban materia de entrevista o reportaje; entraba y salía en la Cámara de Diputados sin mayores aspavientos; levantaba la mano cuando había que levantarla, en fin, era otro legislador -de los muchos- que nadie votó por él.
La vieja reforma de Reyes Heroles -padre- al sistema electoral ante la antigua supremacía del PRI, la representación proporcional, hizo que personas sin apoyo popular llegaran a ocupar cargos, así llegó a diputado por el PAN Rigoberto Romero Aceves, un personaje poco conocido en el mundillo político sudcaliforniano.

Jamás las cámaras de TV lo hubieran afocado de no ser por esos malditos deseos de orinar: la natural ingestión de varias onzas de líquidos que, junto con el frío del DF y del efecto diurético del alcohol, devino en natural repleción de la vejiga, la consecuente urgencia de vaciarla y sobrevinieron esas muy naturales ganas irreprimibles de orinar. Esas ganas que -bien sabemos- no conocen de reglas de urbanidad ni de El Manual de Carreño, que para mala suerte ocurrieron en la vía pública, hicieron que Rigoberto perdiera su anonimato.
Ahí fue donde al noble -y aliviador- arte de la micción, el delicado ejercicio del desalojo urinario, se convirtió en vulgar miada. De los muchos habitantes de la Ciudad de México que orinan todas las noches en toda la metrópoli, del populoso grupo de orinadores nocturnos que pululan por toda su extensión; a pesar de la gran impunidad existente en materia de lances urinarios, tenía que ser a Rigoberto a quien sorprendiera la fuerza pública en tan urgente labor.
Rigoberto disfrutaba de un feliz recorrido, del contacto íntimo con el pueblo, de conocer de viva voz los sueños, planes, problemas de la sociedad que representa. Como cualquier ciudadano Rigoberto encuentra que nada malo hay en el hecho de beberse -como cualquiera- unas cuantas cubas, lo malo es su efecto diurético, esas malditas ganas de orinas y el metiche camarógrafo que lo ventaneó cuando discutía con la policía.
Como todos, Rigoberto se defendió como pudo: les dijo quién era y enseñó sus credenciales; que lo jalan, Rigoberto que se resiste; le gritan, Rigoberto contesta. Por eso lo detuvieron y al otro día -cuando la micción se había convertido en miada-, los medios provocaron una tormenta en un vaso de agua y el público reprobaba con singular hipocresía ¡el poco edificante comportamiento del diputado panista por Baja California Sur! -cuando nunca le agregan el “sur”-. El insigne Salgado Macedonio calificó atinadamente el fenómeno social de linchamiento como “mojigatería en apogeo” porque en materia de primeras piedras andamos escasos.
¿Quién que haya vivido -y bebido- lo suficiente no habrá hecho uso de la vía pública para deshacerse de la carga vesical? ¿Quién alguna vez no ha regado los árboles de un parque o de un bulevar con productos nitrogenados procedentes del aparato urinario? ¿Quién será el primer valiente que cristianamente lance el primer guijarro? ¿Quién tendrá limpia la conciencia en cuanto a pequeñas contradicciones con el Bando de Policía y Bueno Gobierno?
Obviamente el escándalo se debió -malamente- a la distinguida investidura de Rigoberto, mucho más que al simple -y natural- acto de desechar productos azoados por vía uretral. El ciudadano común y corriente, jamás hubiera salido en TV sólo porque humedeció con fluidos de confección renal medio metro cuadrado de pavimento.
Cuando se tendría que estar debatiendo la reforma fiscal, la reforma del Estado, los precios del petróleo, el conflicto en Afganistán, los abusos del FOBAPROA, los crímenes de la guerra sucia, etcétera, el país prefiere atisbar en la privadas ansias miccionales de Rigoberto que ha salido del anonimato y ha puesto en el mapa a Sudcalifornia, cosas que habríamos de agradecer porque por primera vez se dice algo de un diputado del sur del paralelo 28.
Llama la atención la inusitada cobertura de los medios que ha acaparado la conducta urinaria de Rigoberto; titulares en periódicos, comentarios en la radio, espacios en TV, páginas web se han ocupado de sus nocturnas andanzas como si no tuvieran que notificarnos. El PAN -y sus gazmoñerías- que pretende expulsar a nuestro Rigoberto sólo porque accedió a sus exigencias corporales; los sudcalifornianos que -como si lo conocieran- le niegan su representación y hasta su origen y una melindrosa sociedad que convierte al noble, inocente y trivial acto de orina, en el pecaminoso, culposo, inquisitorial y peyorativo, miar.
Nota de la Redacción. Este trabajo periodístico se publicó en el No. 13 de la edición impresa de Análisis Periodísticos BCS, en el mes de enero del año 2002.
Hace algunos ayeres…
Hace algunos ayeres, entre enero del año 2001 y el 2018, cuando aún editábamos la Revista Análisis Periodísticos BCS -ediciones mensuales-, en sus páginas se plasmaron muchísimos Artículos, Reportajes, Crónicas, fotografías, dibujos y caricaturas periodísticas, que a raíz de nuestro ingreso al Internet, como Empresa Editora quedaron en la tinta y el papel, pero deseamos que los cibernautas quienes no tuvieron la oportunidad de leerlos, hoy lo puedan hacer y no se pierdan ese breve lapso de tiempo en ese mundo de las hemerotecas y de esa pequeña historia que forjamos un gran equipo de colaboradores.
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