“¿Cómo atrevernos a derramar
la sangre que debiera unirnos?”
Baghavat-Gita
Por Javier Solana
México tuvo en el pasado una existencia tempestuosa. Los pueblos desparramados sobre su vasto territorio vivían en perpetua discordia: invasiones, devastaciones, guerras, eran los ingredientes del acontecer cotidiano, en medio del cual consiguieron, a pesar de todo, crear las instituciones, los organismos políticos y administrativos, la cultura y los monumentos que son orgullo de sus grandes urbes.
La historia no es un proceso homogéneo. Está desgarrada por tendencias opuestas casi en cada momento. Una dicotomía profunda la divide siempre. Freud explica que son los dos impulsos básicos de la humanidad: Eros o el amor a la vida y Tanatos, la fascinación por la muerte.

México es un país de luz y sombras, precisamente porque los mexicanos estamos hechos de luz y sombras.
En el amanecer de la historia, el Génesis narra el primer conflicto de los hombres nacidos de mujer: Caín y Abel, el drama eterno y primordial de la envidia. Los hermanos enemigos.
Según el Génesis, los hermanos ofrecen sus sacrificios a Jehová. Caín, el agricultor, trae los frutos de la tierra, maduros y perfumados. Abel, el pastor, quema gordos corderos sangrantes. Al concluirse la ceremonia, Abel ve su ofrenda bien acogida por Jehová, mientras que Caín se da cuenta de que éste “no mira propicio a é ni a su ofrenda”.
Por envidia, Caín mata a Abel. No hay testigos del crimen. Ni Adán ni Eva figuran en la tragedia. Jehová no tarda en echar de menos a Abel:
– ¿Dónde está tu hermano? Pregunta.
– No lo sé ¿Soy acaso su guardián?, es la respuesta áspera de Caín.
– La voz de la sangre de tu hermano clama hasta mí –dice Jehová.
Caín es el exaltado, el hombre de los impulsos incontrolados, el aventurero, el beduino errante. Después de su crimen, abandona la agricultura, funda ciudades, es cabeza de una progenie violenta y aventurera.
En contraste con esos rasgos enérgicos, Abel, su hermano, aparece como un hombre tranquilo, ordenado, que ofrece a Dios lo mejor de sus bienes. Es el pastor laborioso, grato a Dios, cumplidor de sus deberes.
Seres a quienes todo une, que viven bajo el mismo techo, que no sólo tienen la misma sangre sino que están sujetos a las mismas influencias -hábitos, normas, intereses- se separan, sin embargo, por conflictos que los llevan a destruirse mutuamente.
Se trata del mito de los hermanos enemigos que hallamos en todos los pueblos del mundo y que muestra el antagonismo humano manifestándose en una de sus formas más impresionantes. Las variantes del mito son múltiples.
Los hermanos enemigos no siempre pertenecen al sexo masculino. Por ejemplo, en la mitología sumeria, la rivalidad se establece entre Inanna, diosa de la luz y su hermana Eriskigal, soberana del subterráneo mundo de los muertos.
En Japón, el mito habla de Materazu, diosa del sol, y su hermana Susanowe, diosa de la tempestad, que la perseguía sin descanso.
En el Baghavat-Gita, Arjuna, que con sus hermanos se prepara para entrar en combate con los hijos del hermano de su padre, hace la dramática pregunta:
¿Cómo atrevernos a derramar la sangre que debiera unirnos?
El mito arcaico y universal coloca en los orígenes fabulosos de los respectivos pueblos ese angustioso interrogante. ¿Cuál es su sentido o significación última?
Indudablemente, la verdad profunda que el mito trata de mantener presente en la conciencia de los pueblos es el desgarramiento esencial de la naturaleza humana, la oscura aparición de tendencias que buscando todo género de pretextos, separa a los hombres desde el fondo de sí mismos.
El mito nos recuerda que la íntima divergencia es uno de los ingredientes inevitables de la existencia humana, ingrediente que se disimula, pero que está siempre dispuesto a manifestarse en los hechos.
Desde los orígenes de los tiempos, una discrepancia sorda o declarada separa a los hombres, en la entraña misma de su ser, dándoles inclinaciones y tendencias contrarias que determinan formas de conducta diferentes en la vida individual y social.
En la antigua mitología mexicana, el antagonismo separa a Quetzalcóatl de Tezcatlipoca.
Quetzalcóatl es el dios del aire, señor de la aurora y creador del hombre. Representa el aspecto etéreo y luminoso del mundo. El hombre de Quetzalcóatl quiere decir “serpiente emplumada” y bajo ese emblema lo adoran los antiguos mayas y aztecas. Con su propia sangre forma a los hombres. Inventa para éstos la agricultura y les enseña las artes. Tezcatlipoca, en cambio, es el dios de los desastres, de las penumbras y de las ruinas. Es contrahecho. Su símbolo es el jaguar, cuyo rugido provoca el pánico. Le gusta la guerra y la subversión. Por eso es llamado también “sembrador de discordias”. Deidad aventurera, Tezcatlipoca se entrega a la destrucción como un deporte y se mueve con la elástica flexibilidad del jaguar.
Los dos hermanos viven en perpetuo conflicto. Mantienen a través de los tiempos una guerra en que, alternativamente, son vencedores y vencidos. El último ciclo de los ocurridos hasta ahora termina con el triunfo de Tezcatlipoca.
Arteramente, el dios perverso no se vale esta vez de la violencia. Prefiere atacar a Quetzalcóatl por el lado más sensible de su ser. Lleno de sonrisas le regala un traje de plumas azules y rojas que le hace vestir. Después lo lleva así ataviado a contemplarse en un espejo. Quetzalcóatl se siente feliz.
Tezcatlipoca le ofrece una bebida que ha fabricado y cuyas virtudes le ensalza presentándola como el elixir de los sueños. Es el pulque. Quetzalcóatl lo bebe confiadamente. Sobreviene entonces la catástrofe: se embriaga, pierde el control de sus actos. Comete todo género de excesos. Cuando vuelve en sí se da cuenta de la degradación en que ha caído, y dominado por la vergüenza, y por una invencible tristeza, quema su palacio, encierra sus tesoros y rodeado de pájaros multicolores, se va a las orillas del mar. Allí, vistiéndose el traje que le regaló su hermano y cubriéndose con una máscara de turquesa se arroja a una hoguera. Después, su corazón sube al cielo, donde se halla convertido en el planeta que hoy se llama Venus.
Las desventuras que actualmente abruman a la humanidad y, en especial a México, se deben al temporal predominio de Tezcatlipoca. Pero el dios aventurero y destructor será derrotado inevitablemente un día, dando lugar al advenimiento de un reino de sabiduría y de paz.
Para San Agustín, la historia tiene dos modalidades que constituyen lo que él llama la Ciudad terrena y la Ciudad de Dios. En un proceso simultáneo y paralelo, las dos ciudades realizan sus diferentes destinos.
“Dos amores han construido esas ciudades -dice San Agustín. El amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios ha hecho la ciudad de la tierra; el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo, la ciudad de Dios”.
En la Ciudad de la tierra, predomina el orgullo, se vive para la gloria de los jefes, se practica la violencia, se siente la pasión del predominio y la satisfacción de la fuerza propia.
En la Ciudad de Dios, los ciudadanos están unidos por la caridad, por el servicio mutuo, obedecen a gobiernos tutelares, ponen su mayor gloria en Dios.
El fundador de la ciudad terrestre es Caín y el de la celeste Abel.
La historia de la humanidad es doble como es doble su manera de enfrentar la vida. Al lado de excelsas realizaciones exhibe las más descabelladas extravagancias. Surgen las instituciones, pero al lado de ellas las fuerzas explosivas que las amenazan y eventualmente las destruyen.
Debemos reconocer que la humanidad está destinada a vivir desgarrada por los eternos antagonismos, resultantes de la diversidad de sus actitudes frente a la vida.
La historia está abierta a todas las contradicciones que caracterizan la condición humana. Por eso la tolerancia es una de las condiciones indispensables para la convivencia social. No hay instituciones ni regímenes perfectos. Todos dependen del comportamiento de los individuos que actúan dentro de ellos. Nada puede ser resuelto para siempre. El acontecer exige permanente vigilia. “La libertad, como el pan -decía Goethe- tiene que ganarse cada día”.
André Maurois, por su parte afirmaba en su carta a un joven que “por arduas que puedan parecer los desafíos, no son imposibles de vencer. Antes que nosotros, innumerables generaciones de hombres y mujeres las han llevado a cabo y han atravesado, entre desiertos de sombra, la estrecha zona de luz de la vida”.
“Concédeme, Señor -pedía Tomás Moro- una alma santa que no se escandalice al ver el mal sino que sepa más bien vencerlo”.
Nota de la Redacción. Este trabajo periodístico se publicó en el No. 13 de la edición impresa de Análisis Periodísticos BCS, en el mes de enero del año 2002.
Hace algunos ayeres…
Hace algunos ayeres, entre enero del año 2001 y el 2018, cuando aún editábamos la Revista Análisis Periodísticos BCS -ediciones mensuales-, en sus páginas se plasmaron muchísimos Artículos, Reportajes, Crónicas, fotografías, dibujos y caricaturas periodísticas, que a raíz de nuestro ingreso al Internet, como Empresa Editora quedaron en la tinta y el papel, pero deseamos que los cibernautas quienes no tuvieron la oportunidad de leerlos, hoy lo puedan hacer y no se pierdan ese breve lapso de tiempo en ese mundo de las hemerotecas y de esa pequeña historia que forjamos un gran equipo de colaboradores.
Cada entrega de nuestros queridos y estimados Colaboradores, a quienes les agradecemos su participación, impregnaron en sus trabajos resaltando los valores, la historia, la cultura, la naturaleza, aspectos turísticos, así como las diversas actividades y el pensamiento del Sudcaliforniano, que en cada momento correspondió escribirlos.
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