Haciendo Historia
Arq. Eugenio Santa Cruz Henríquez
En estos tiempos hablar de la muerte es una de noticia cotidiana, al igual que la terrible pandemia, poco a poco nos hemos ido familiarizándonos también con los horrores de las muertes violentas, así como las esperadas por padecimientos crónicos, se nos ha hecho costumbre y en veces hasta pasar desapercibido, cuando nos llegan la noticias por diferentes vías de la violencia en el mundo, en nuestro país, o la desgracia de algún familiar, de un ser querido o amigo. Los desastres naturales como terremotos, inundaciones, incendios también son motivo de miles de muertes.

Sin embargo, el culto a la muerte ha estado presente en todas las civilizaciones del mundo a través de todas las culturas religiones y costumbres, no ha hecho el hombre referencia al desaire y sin embargo se ha proclamado como una fuerte tradición social y religiosa,
Históricamente en México; por ejemplo, la creencia de la muerte data desde la época Prehispánica con el nombre de Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl como el Dios y Diosa de la muerte, la oscuridad y el Mictlán “la región de los muertos” en la religión Azteca.
Ahí llegaban los hombres y mujeres que morían de causas naturales. El camino no era fácil. Antes de presentarse ante el Señor y Señora de la muerte pasaban numerosos obstáculos; piedras que chocan entre sí, desiertos y colinas, un cocodrilo llamado Xochitonal, viento de filosas piedras de obsidiana, y un caudaloso río que el muerto atravesaba con la ayuda de un perro que era sacrificado el día de su funeral (Xoloizcuintl).
Se puede asociar el animismo Prehispánico con el variado Santoral Católico, al estilo de la santería cubana, combinaciones tradiciones animistas africanas con el Catolicismo.
Tradicionalmente, se le entregaba a los dueños del inframundo ofrendas. Detalle muy importante ya que con el tiempo estas ofrendas seguirían presentes en los Altares de la Muerte.
Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl eran deidades a quienes se encomendaban a los muertos y eran invocados por todo aquel que deseaba el poder de la muerte. Su Templo se encontraba en el Centro ceremonial de la antigua ciudad de Tenochtitlán.
Estas creencias prehispánicas, sería latente en la cultura popular mexicana, centrándose en este culto, el 1 de Noviembre o Día de Muertos, que se festeja el día con los antepasados muertos, o la idea de que a los muertos no hay que recordarlos con tristeza, sino con alegría como ellos vivieron, por lo que es muy popular el llevar música bailable a los entierros.
En la santería la Muerte se centra con Oya y en Palo Mayombe con Centella Ndoki.
Origen moderno en la Cultura popular.
El culto de la Muerte se da a partir de 1795, los indígenas adoraban un esqueleto llamado Muerte en un pueblo central de México, tenemos testimonios que este culto permaneció oculto en los últimos dos siglos. La leyenda popular así es transmitida verbalmente, indica que este culto pudiera estar naciendo alrededor de los años sesenta.
En Catemaco, Veracruz, en una habitación vieron la figura de la Muerte dibujada en unas tablas de la choza, la gente fue a pedirle al Cura que canonizara la imagen, él se negó rotundamente calificándola como un rito de satanismo, así este Culto se difunde de persona a persona, sin organización fija, por miedo a ser visto como satánico.

El Culto aparece en el estado de Hidalgo en 1965. La Muerte es adorada por personas que ponen en riesgo su vida; creyentes urbanos de hoy, invocan a esta figura para protección y recuperación de la salud, artículos robados, o miembros familiares secuestrados.
La Muerte es representada en una figura masculina o femenina; en forma masculina lo visten de forma tenebrosa, con guadaña y rosario. La Muerte cuando es femenina, la visten con túnica larga blanca de satín y una corona de oro.
La vida, simbólicamente, tiene una forma de tubo, existe un boquete de entrada y otro de salida. Nacer resulta cada vez más sencillo. Pero morir es más complicado. La cultura occidental lo hace cada vez más difícil. El hombre se rebela emocionalmente ante su condición finita y, con los tiempos, le da salida del canuto existencial cada vez con más dolor.
La actitud ante la muerte tiene su propia historia.
Inicia cuando los humanos son conscientes de su extinción. Pero vayamos a la Edad Media. El historiador Philippe Aries descubrió en sus investigaciones cómo ha ido cambiando la actitud de los europeos ante la muerte para convertirla en algo terrorífico.
Hace miles de años la muerte estaba “domesticada”. El fin de la vida no se presentaba en caída libre. Los caballeros medievales sentían la llegada de su propia extinción. El Rey Ban, en Las novelas de la Mesa Redonda, dijo: “¡Ah! Señor Dios, socórreme, pues veo y sé que mi fin ha llegado”. Aries lo describe así en su Historia.
Para el historiador el sentido de muerte es “una convicción íntima, más que una premonición sobrenatural o mágica”. Así siguió a lo largo de los siglos. En el XVII, Don Quijote dijo: “Yo me siento, sobrina, a punto de muerte”. También lo hizo un mozo en el relato Tres muertes, de Tolstoi: “La muerte está aquí, eso es lo que me pasa”. Incluso en la Francia romántica del XIX.
En 1941, Jean Guitton escribió: “Se observa cómo los Pouget, en esos tiempos antiguos (1874) pasaban de este mundo al otro como gentes prácticas y sencillas, observadores de los signos, y ante todo de los propios.
No tenían prisa por morir, pero cuando veían la hora llegar, entonces, sin anticipación y sin retraso, justo como convenía, morían como cristianos”.
Esta actitud se observó en las estatuas del Siglo XII. “En el cristianismo antiguo, el muerto se representaba con los brazos extendidos en la posición del orante. Se espera la muerte echado, yacente. Este ritual viene prescrita en las liturgias del Siglo XIII”. “El moribundo debe estar echado de espaldas para que su rostro mire siempre al cielo”, decía el Obispo Guillaume Durand de Mende. Los judíos, en cambio, se vuelven a la pared, según el Antiguo Testamento.
La religión Católica creó el ritual de un final en la cama. El lecho de muerte era el lugar donde se concedía el perdón al moribundo por los errores de su vida. De lo humano pasaban después a lo divino. El Sacerdote daba la extremaunción al enfermo y ya podía morir en paz.

La muerte se convierte según Aries, en “ceremonia pública, organizada por el moribundo, que la preside y conoce su protocolo”. Los asistentes se juntan alrededor del enfermo y al acto acuden también niños. A diferencia de hoy, la muerte no se escondía a la infancia. La muerte de una persona era “aceptada y celebrada de manera ceremonial pero sin carácter dramático ni impacto emocional”.
El escritor ruso Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008), en su novela El pabellón de los cancerosos, describe esta actitud durante “siglos o milenios”. “Sin fanfarronadas, sin aspavientos, sin presumir de que no iban a morir; todos admitían la muerte apaciblemente. No solo no retrasaban el momento de rendir cuentas, sino que se preparaban a ello tranquilamente y con antelación, designaban quién se quedaría con la yegua, quién con el potro… Y se extinguían con una especie de alivio, como si solo tuvieran que cambiar de isba” (casa rústica).
La muerte es, para Aries, “domesticada”. Actitud contraria a la actual. “La vieja actitud en la que la muerte es a la vez familiar, próxima, atenuada e indiferente se opone demasiado a la nuestra.
La muerte da miedo hasta el punto de que ya no nos atrevemos a pronunciar su nombre”. En España el Catolicismo se dio por todas las rendijas durante el franquismo y también en la habitación del agonizante.
El descubrimiento de la propia muerte.
La Baja Edad Media, en Europa, el destino se concebía como algo colectivo. “El hombre experimenta en la muerte una de las grandes leyes de la especie y no va a procurar ni a escapar de ella ni exaltarla”. “Es aceptaba con solemnidad para marcar la importancia de las grandes etapas que toda vida debía franquear siempre”.
La idea de lo colectivo fue dándose hacia la individualidad y se ve reflejado en el Arte Sacro.
La visión del Apocalipsis y alusión a una vuelta a la vida que había dominado hasta el Siglo XII, empieza a debilitarse con la idea del Juicio Final y el examen individual. La muerte sigue dentro de una acción cósmica pero, a partir de entonces, un Tribunal de Justicia, con Cristo y su Corte de Apóstoles, juzga a cada hombre por el balance de su vida.
Se destaca, la aparición de un nuevo concepto en la muerte. Los libros y grabados del XV y XVI muestran una iconografía sobre el ‘buen morir’ o las “ars moriendi”. La transición final se traslada a los aposentos del que agoniza. “Dios y su Corte están allí para constatar cómo el moribundo se comportará en el momento de la prueba que se le propone antes de su postrer suspiro y que va a determinar su suerte en la eternidad. Esta prueba consiste en una última tentación. Su actitud, en ese momento fugitivo, borra todos los pecados de su vida si rechaza la tentación o, por el contrario, anulará todas sus buenas acciones si cede a ella. La última prueba ha reemplazado el Juicio Final”.
Aparece la creencia de que el individuo, al morir, ve pasar su vida en un recorrido de relámpago. El origen exacto es desconocido pero los historiadores creen que las órdenes mendicantes divulgaron esta idea durante los Siglos XIV y XV.
El lecho de muerto cobra así solemnidad y emoción desconocidas hasta entonces. La idea se fue extendiendo entre las clases más cultas hasta el XIX. Ese era el lugar donde redimir las faltas acumuladas en toda una vida. Las circunstancias de la muerte y la conducta del moribundo podían limpiar el pasado pecador.
El Arte y la Literatura de los siglos XIV, XV y XVI muestran un modo más que la muerte que se había convertido en algo individual. En cuadros y libros empiezan a aparecer representaciones de cadáveres descompuestos.
Un siglo después, la Morte Secca (el esqueleto y los huesos) se mostraban en las chimeneas y muebles de las casas. “El horror de la muerte física y de la descomposición es un tema familiar a la poesía de los siglos XV y XVI”, escribe Aries. “El hombre de fines de la Edad Media tenía una conciencia muy aguda de que estaba muerto aplazadamente, de que el plazo era corto, de que la muerte, siempre presente en el interior de sí mismo, quebraba sus ambiciones y emponzoñaba sus placeres. Y ese hombre tenía una pasión por la vida que nos cuesta entender hoy, quizá porque nuestra vida se ha vuelto más larga”.
El Testamento.
Era el último escrito. El que expresaba, de forma personal, los pensamientos más profundos, la fe religiosa, las declaraciones de amor, las decisiones que había tomado para salvar su alma… Eso era el Testamento entre los Siglos XIII al XVIII. “Era el medio que tenía todo el mundo de afirmar sus pensamientos profundos y convicciones, en la misma medida –y aún superior– que un acto de derecho privado para la transmisión de una herencia”.
En la mitad del XVIII, la redacción de este documento va a cambiar notablemente.
Aries escribe que en “todo Occidente cristiano, protestante o católico”, desaparecen las “cláusulas piadosas, la elección de las sepulturas, las mandas de misas y servicios religiosos y limosnas” y el Testamento adopta la forma actual: “un acto legal de distribución de las fortunas”. El Testamento se vuelve laico y esto significa, según el historiador M. Vovelle, que la sociedad de la época se está “descristianizando”.

“Desde mediados de la Edad Media”, relató el francés, “el hombre occidental rico, poderoso o letrado, se reconoce a sí mismo en su muerte: es decir…ha descubierto pues la propia muerte”.
Poco nos ponemos a pensar en lo profundo del misterio de nuestra muerte, nos arropa más la forma de cómo vamos a morir, o cómo será nuestro día final y en qué circunstancias. Lo importante es ir asimilando nuestra propia naturaleza para llegar a ese extremo y resignarse llegado el momento, ese es nuestro destino y hasta ahí podrás llegar en tu dimensión humana de percibir lo frágil que somos ante ella. Sin embargo Dios dice “ayúdate que yo te ayudaré”, no le dejemos a él la responsabilidad de cuidarnos cuando somos nosotros mismos los responsables de hacerlo, porque también somos responsables de nuestros hijos o nuestros dependientes, la muerte es el paso que ricos y pobres, feos o políticos algún día tendremos que encontrar irremediablemente. Por ello disfruta a tu familia y amigos, a la gente que te rodea déjale semilla que germine un día y deje huellas de ejemplo por donde puedan caminar tus pasos los seres con los que conviviste, ese ejemplo que dejarás de herencia en el tiempo imperecedero que deberá quedar para siempre guardado en el jardín de los recuerdos.
