“¿Por qué no le da a leer a la gente libros sobre Dios? Por la misma razón que no les dejo leer Otelo: son antiguos; tratan del Dios de hace cientos de años. No del Dios de ahora. Pero Dios no cambia. La gente, sin embargo, sí”. Aldous Huxley, Un Mundo Feliz, 1932.
Profra. Sandra Meza
Cuando era niña, en mi pueblo nunca parecía ocurrir nada interesante; la tiendita de la esquina era la única en kilómetros a la redonda, los barcos salían a pescar al despuntar el alba y cada día era igual que el anterior. En aquella época, el tiempo parecía transcurrir lento y sin sobresaltos; 30 años después, uno parpadea, en marzo del 2020, y al abrir los ojos ya es agosto del 2021, y en la colonia se han inaugurado 3 nuevas tiendas de autoservicio, con sus luminosas marquesinas rojas con amarillo. La vida se mueve tan rápido, que el aleteo de los colibríes parece una carrera de perezosos en comparación.

Es interesante considerar que no siempre ha sido de esta manera, que, por largos periodos de tiempo en la antigüedad, prevalecía tal o cual statu quo incuestionable e inmutable. Las cosas eran como siempre habían sido y punto. Entonces, ¿de cuándo acá la metamorfosis social se convirtió en nuestro pan de cada día?
El historiador y filósofo contemporáneo Yuval Noah Harari, en su libro “Sapiens: una breve historia de la humanidad”, expone que durante los dos últimos siglos el ritmo de cambio se hizo tan rápido que el orden social adquirió una naturaleza dinámica y maleable. En un muy corto periodo de tiempo, estructuras sociales que se creían rígidas e inmutables pasaron a considerarse blandas y deformables, cual plastilina en las manos de un infante.
Bajo esta perspectiva, el cambio constante es una normalidad ampliamente aceptada por las culturas actuales, incluso, más allá de la aceptación como tal, se puede hablar de que es el ideal que se busca en todos los ámbitos sociales; la moda es ser distinto, romper con los parámetros establecidos y, muchas veces, considerados obsoletos.
La normalización del cambio, y la velocidad con la que este ocurre, ha hecho que en la actualidad (al menos en una gran parte de los países del mundo) se viva una era de inclusión nunca antes experimentada por los seres humanos. Dicha inclusión es tan radical y extrema, que algunos consideran que raya en lo absurdo (como cuando la legendaria Blanca Nieves pierde su rasgo físico más característico en la pantalla grande, debido meramente a la corrección política posmoderna); pero, no obstante, para otros es una época de celebrar triunfos históricos de las minorías que hasta hace muy poco eran ignoradas y rezagadas. Todo depende del cristal con que se mire.
Sin embargo, no tenemos que viajar a Hollywood para palpar la normalización del cambio, ya que vive entre nosotros. Nuestras redes sociales están inundadas de rostros perfectos y cuerpos bien moldeados, que muchas veces no coinciden con la imperfección de nuestra naturaleza humana. Buscamos con tanta desesperación ser distintos, que utilizamos filtros y otros trucos tecnológicos a nuestro alcance para “mejorar” nuestra imagen ante nosotros mismos y nuestro círculo social; un día somos blancos y al otro aparecemos bronceados y radiantes, sin que esto cause extrañeza en nadie que nos observe desde su pantalla.
Así pues, en vista de que nuestra realidad actual es camaleónica, no nos queda más que adaptarnos a la mutación física e ideológica ininterrumpida, o bien, nos queda también la opción de aferrarnos a nuestro sistema de creencias rígido y ser parte de la resistencia posmoderna… Pero, sea cual sea el camino que usted, apreciable lector, elija para su vida, únicamente no se olvide de ser feliz y de disfrutar el viaje, porque cada segundo de vida cuenta y nunca regresa.
Sandra Meza / Directora Esc. Prim. “Nueva Creación” T.V. / 03dpr0081v@gmail.com
