“El ruido de las carcajadas de un presidente y sus ministros se va, la realidad los va a alcanzar”.
Por Ángel Ozuna
Enero 25 del 2021
Existen presidentes de algunos países al sur del río Bravo que estaban deseosos de que Trump fuera reelecto. Todas sus esperanzas estaban cifradas en el triunfo, una vez más, del sátrapa norteamericano. Pero el pueblo de los Estados Unidos con todo y sus debilidades puestas de manifiesto en las pasadas elecciones, se irguió sobre el divisionismo, la violencia, el odio y el rencor. La ecuanimidad se impuso.
El mensaje que envió el presidente electo de EEUU a sus conciudadanos y al mundo fue: la reconciliación pacífica y ordenada después de tanta violencia desatada, pero no solo eso. Los cambios que se esperan van a ser profundos y drásticos. El señor Biden no tiene la menor intención de perder su tiempo en contemplaciones. Al día siguiente de sentarse en la oficina oval, empezó a mandar y a firmar órdenes ejecutivas para iniciar los cambios. Ni que decir que el señor Biden tiene muy claro sus prioridades, que son las de su país, muy distantes en fondo y forma de las de su predecesor entre las que se encuentran: suspensión indefinida de obras innecesarias, como el muro con México, regresar a los Estados Unidos al acuerdo medio ambiental de París. Extiende las moratorias en cuanto a los pagos de hipotecas y de préstamos estudiantiles, etc. Todo con la sana intención de aligerar las cargas económicas de la de por si golpeada población.
Un amigo mío que vive en un país cuyo nombre empieza con “m” y termina con “o”, me dice que el presidente de su país debiera adoptar algunas medidas similares y dejar de andarse enfrentando en chismes y diretes de él y su familia a los periodistas que lo acosan, y ponerse a enderezar la nave porque está a punto de zozobrar en estas aguas tormentosas. Yo le pregunto que por qué no le piden un “golpe de timón”, y él me contesta: -“para empezar al timón de una embarcación no se le dan “golpes” (se me olvidó que mi amigo tiene una amplia experiencia náutica), bueno -le digo yo- es en sentido figurado, y él me responde ya en un plan más sagaz: “te refieres a que cambie de rumbo”,-exactamente le digo-, mira, este presidente no tiene la menor idea de lo que es conducir una embarcación del tamaño de nuestro país, ese hombre ha demostrado que ni siquiera es capaz de conducir un “barquichuelo” como su familia, no se diga algo más grande como un partido para no hablar de un buque de gran calado como un país. En las tres oportunidades antes mencionadas ha demostrado una impericia supina, no digo yo para llevarnos a buen puerto, sino para capotear el mal tiempo. Con sus ideas caducas de remembranzas setenteras o más para atrás, quiere demostrar que él es único.
Ahora que lo mencionas -le empecé a platicar a mi amigo-, recuerdo que hace muchos años un presidente de tu país durante una entrevista, un reportero le preguntó que si iba a poder con las broncas tan grandes que se le estaban presentando y él le contestó muy serio: “mire amigo, si no puedo con mi familia, ¿usted cree que voy a poder con un país?”
Mi amigo soltó la risa, pero al mismo tiempo y no queriendo hacer pautas, agarro aire y continuo: “la tripulación de su barco de cartón (su partido político), andan al punto del motín, entre ellos se tiran tarascadas para ocupar algún puesto público, todo con el afán de roer un hueso que su capitán les avienta y ver cómo sacar el mejor provecho económico, para ellos y para sus familiares. Ese presidente del que mi amigo está hablando parece ser que ya perdió, nada nuevo, el control sobre su secta (él le llama “su partido”); sin embargo, está empecinado a mantener la hegemonía electoral a como dé lugar para poder seguir mangoneando el dinero de la nación a su gusto.

Para tranquilizar a mi amigo o siquiera suavizar su sufrimiento, le dije que el discurso de la apertura de su mandato del presidente Biden parece que lo dirigió directamente al sur -y le seguí diciendo-, “debemos de sacar lo bueno de ese discurso y tratar de aplicarlo en nuestros países”. Estoy de acuerdo contigo -me contesta-, “parece que se estaba dirigiendo a nuestro presidente”, “yo quisiera que vieras como este hombre nos lleva directo al fracaso y como se cree infalible y omnipotente porque no escucha razones ni consejos de nadie, mucho menos de un neo liberal como el los llama”, -mira- lo interrumpí-, la toma de posesión de Biden para mí, significa que todavía hay esperanza, que por medio del voto, los pueblos pueden cambiar su destino”. Suena muy bonito -me contesta-, pero trata de explicarle esos conceptos a nuestro sátrapa, para él lo único que vale es comprar votos por medio de dadivas y mantener un ejército de pedigüeños”. Para mí -le digo yo-, “triunfó la ecuanimidad”, una vez más: “se impuso la democracia”.
A propósito -le dije-, vi en las noticias que tu presidente se comunicó con Biden pero en la foto salieron riéndose a carcajadas él y su secretario de relaciones exteriores, acompañados, desconozco las razones, por el renunciado sr. Romo, ¿Cómo está eso? -Le pregunto a mi amigo-, ¿de qué se ríen? A juzgar por esas actitudes, pareciera que tu país está en jauja, que no les afectan las muertes por Covid, que todo va bien en su destrozada economía. ¿Por qué tanto cinismo? -“Así son”-, dice mi amigo-, “les viene valiendo un cacahuate por las que estamos pasando”, “ellos, como ya tienen resuelto su problema económico a través de vivir pegados al presupuesto como rémoras, lo demás no les interesa, y lo reflejan con su actitudes miserables”, -“pero se les va a acabar”-, termina diciendo mi amigo.
Espero que no les pase como en Cuba, ya ves que es hora que los pobres isleños no la ven llegar.
Así las cosas nos despedimos, deseándonos suerte mutuamente.














