Por Yolanda Tafoya Ruiz
Acostumbrados a los estirados, largos, tediosos y acartonados informes de gobierno, el pasado fin de semana, el mandatario estatal dio cuenta a los Sudcalifornianos del resultado de planes, programas y acciones en todos los ámbitos de la administración pública, rompiendo añejos esquemas.

Se acabaron los aplausos de 300 pesos, el acarreo de masas de campos agrícolas, colonias populares controladas por enquistadas liderezas, habitantes de predios invadidos, largas filas de camiones y peseras, trasladando oyentes contratados, en ocasiones con trágicos resultados. Hoy, esos programas y acciones se transformaron en rostros y se pudo conocer a jóvenes becarios, deportistas, mujeres y hombres emprendedores, acuerpando al mandatario estatal, constatando que las cosas se están haciendo.
Se habló claro y fuerte, como los tiempos lo ameritan, sin temor, con muchos…
Fue, como nunca, un informe cálido, “llegador”, firme, porque se dieron cifras, sí, pero fue llano, sin frases rebuscadas y con mensajes claros.
Entre el graderío, el rostro adusto del maestro Víctor Castro, calculaba en silencio el tamaño de Mendoza, pensando quizá, si su “trabajo” le alcanzaría para pisar, dentro de poco menos de dos años, ese mismo escenario. De vez en vez se escuchaban desde su asiento, apagados suspiros, midiéndole quizá, “el agua a los camotes”.
Uno de los temas que más cimbró el escenario fue, sin duda, el de seguridad, cuando Mendoza Davis señalara Ser honesto es condición indispensable, pero no suficiente, para servir. Hay que ser competentes, de otra forma se ofrece a la sociedad resultados honestamente lamentables.
El estado que rehusa aplicar la ley es uno que renuncia a gobernar. La claudicación conduce siempre, tarde o temprano, a la anarquía.
Imponer el imperio de la ley o salvar vidas no son opciones que se contraponen. Por el contrario: el estado de derecho preserva la convivencia en sociedad. Son los criminales la amenaza más grande para México: no los adversarios políticos ni quienes piensan diferente.
Señaló tajante, que el estado no puede renunciar a su obligación de defender a las familias. Cuando no se respeta nada, ni mujeres, ni recién nacidos, sólo queda el camino de la ley. Del orden, De la firmeza. No perdamos la capacidad de conmovernos, pero tampoco el sentido de nuestro deber. Los abrazos, solidarios, son para los deudos. El perdón para las víctimas. Jamás para los asesinos.

“A huev… así se habla”, grito a voz en cuello una longeva asistente, despertando risas y sonoros aplausos de apoyo, de quienes la rodeaban.
No es tiempo de agachar la cabeza, el país atraviesa por cambios que lo han cimbrado. Hoy, voces se levantan buscando confrontar a los hermanos, viendo enemigos imaginarios, culpando al pasado de las incapacidades del presente.
Baste aquí, recordar la frase lapidaria que acompañará por siempre a López Obrador, cuando fuera interpelado por los pobladores de una lastimada y copada comunidad por el crimen organizado, al responderles que el narco, también es pueblo.
Hubo igual, mensajes directos para aquellos que, en aras de conservar el poder, el control o quizá debamos decir, descontrol político, sacrifican el bien común. A los diputados que rechazaron, sin discutir siquiera la Ley de Movilidad, los llamó a recapacitar. Ellos deberán dar cuentas de su proceder, a la historia.
De cifras y estadísticas se ha hablado mucho. Expresiones de apoyo y descalificaciones, reclamos por considerar que los informes a puertas cerradas son elitistas y alejados del pueblo. Qué memoria tan endeble, quizá no recuerden aquel fatídico accidente del 5 de abril del 2005, en donde 22 pobladores de Comondú perdieran la vida, al regresar de la toma de protesta de Narciso Agúndez.

Este fue, sin duda alguna, un informe que dejó un buen sabor de boca para muchos, y un amargo mensaje para otros tantos. En fin, bendita democracia y libertad para expresarse.
