M. María Luisa Cabral Bowling

Ahora nos enfrentamos a la peor amenaza en política exterior para la nueva administración federal. El presidente Trump amenaza con imponer 5% de aranceles a las importaciones mexicanas, si nuestro país no detiene la migración hacia Estados Unidos que, según ellos es la responsable de la introducción de drogas y de la trata de personas y que si no se resuelve se irá incrementando cada mes el arancel hasta llegar al 25%.
El gobierno de México reaccionó de inmediato y dio una respuesta clara al presidente Trump, porque además parece ser que los otros círculos del gobierno norteamericano, los partidos republicano y demócrata y en general la clase política norteamericana e incluso los grupos económicos más poderosos, no están de acuerdo con las medidas anunciadas por su presidente. López Obrador manifestó que se buscaría una solución negociada a través del diálogo, que el acuerdo pacífico es la esencia de la política, sin subordinación, ni temor, pero con respeto, recordándole que el símbolo de le estatua de la libertad, ícono supuestamente del país de la libertad y de los migrantes (Dadme a los cansados, a los pobres, a las masas anhelantes de respirar libertad) no debe ser un valor vacío, y que, en caso necesario, se recurrirá a los mecanismos internacionales
Los medios de comunicación, sobre todo los de Estados Unidos, no proporcionan información que permita tener un diagnóstico claro del problema de la migración, se manejan de manera predominante solo estereotipos negativos y prejuicios que en lugar de propiciar una reacción racional solo producen polarización, odio y desprecio. Primero, se debe tener muy claro el origen del problema que es la insoportable situación de violencia que impera en particular en Centroamérica.

Desde el año pasado hemos estado presenciando el paso de grandes caravanas de migrantes procedentes de Centroamérica, compuestas en su mayoría por familias enteras. Este fenómeno que se ha agravado en los últimos años es la consecuencia de muchos años, décadas de deterioro social, político y económico de muchos países en América Latina, pero que, en los últimos tiempos, igual que en México, se ha transformado en una crisis de violencia ligada al crimen organizado y se ha convertido en una verdadera crisis humanitaria. Estados Unidos, que ciertamente no es ajeno a las causas del problema, no es ya la tierra prometida, ni nuestro país es un lugar de refugio seguro, pero frente a la amenaza cotidiana y real de perder la vida en sus comunidades, muchas familias huyen por necesidad, buscan asilo y trabajo en Estados Unidos.
Es un problema muy complejo, que no ha sido provocado por nuestro país y que no tenemos capacidad de resolver sin ayuda. Nuestra economía está en serios problemas, tenemos un país deshecho por la violencia, fragmentado, tratando de reconstruir la legitimidad de sus autoridades, de acabar con la corrupción y de sanear sus mecanismos de impartición de justicia, que apenas puede tratar de resolver sus propios problemas, pero que aún así, por lo menos por parte del actual gobierno, aunque muchos compatriotas no compartan esa visión, no está dispuesto a violentar los derechos humanos de familias enteras que arriesgan su vida y su integridad por tratar de tener algo de trabajo y de seguridad para poder sobrevivir.
Se trata finalmente de un problema internacional, regional, no bilateral, en donde la mayoría de las personas que ahora llegan a la frontera para intentar cruzar no son mexicanas sino centroamericanas, la mayoría de Honduras, incluso varias de origen africano o cubano. Se trata claramente de un problema de refugiados que afecta a grandes grupos humanos, de una crisis humanitaria de tal dimensión que amerita la atención de la comunidad internacional y se debería solicitar el apoyo de los organismos de Naciones Unidas, en particular del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados que es el mecanismo internacional para atender este tipo de situaciones, que rebasan con mucho la capacidad de respuesta de nuestro gobierno.

Esperemos que, como ha ocurrido con otros temas y con otros países que también han sufrido amenazas que parecían confrontaciones inevitables, como en el conflicto de Estados Unidos con Venezuela, con Irán o con Corea del Norte, por señalar los más conocidos, no se lleguen a concretar las peores amenazas y que de una o de otra forma se busquen acercamientos y negociaciones, aunque debemos prepararnos para cualquier escenario.
La realidad es que Estados Unidos está en una profunda crisis, económica, social y cada vez más de legitimidad política y como los vecinos más débiles nos tocan, nos han tocado y por un buen rato, nos seguirán tocando las consecuencias de su deterioro. Por eso más que nunca nos corresponde fortalecer las respuestas positivas y constructivas, reconstruir nuestras organizaciones y comunidades inmediatas, participar y exigir que las decisiones que afectan al interés común se tomen de manera participativa, responsable y transparente para poder enfrentar de la mejor manera estos tiempos tan revueltos e inciertos, situación que compartimos con muchos países de América Latina y en particular con Centroamérica. Lo que construyamos ahora será lo que tendremos mañana, para nosotros y para las nuevas generaciones.
