Ángel Cu Ambriz

No quiero escribir sobre el cambio de gobierno que ha sido impulsado por tantas almas llenas de esperanza y hartas de injusticia social. No quiero reiterar sobre las imágenes que rompieron récord de audiencia, en México y en el extranjero. No necesito compartir lo que muchos ya vieron en escenas donde un agónico grupo de Diputados de oposición pretendieron ser protagonistas.
Sobran los analistas, los catastrofistas y los simpatizantes del nuevo gobierno que hoy primero de diciembre inicia, a ellos dejo rasgarse las vestiduras, emitir denostaciones, memes o visiones extrasensoriales.
Hoy quiero destapar un refresco, una sidra o ponerle bicarbonato a mi agua de limón; para que con el cosquilleo de sus burbujas pueda brindar con mis más cercanos, la salida del poder, a la “dictadura perfecta”, que no es menos peligrosa en sus estertores, pero que al menos se le pudo clavar una estaca fatídica.
Deseo colgar brillantes esferas de esperanza para que los que ahora toman las riendas enderecen su quehacer y sus entuertos, porque algo sí es seguro; todo el pueblo va a estar pendiente de cada uno de los servidores públicos tengan el color político que tengan.
En el largo tronco del quiote que brotó de mi agave, pongo las esferas para que reflejen el árido frente de mi casa, como recordatorio del difícil reto que ha significado salir adelante para las juventudes de 1982 a la fecha.
Hoy quiero dar abrazos, no por navidad que solamente para los que tienen una buena; o hasta dos plazas, al servicio del estado o base en la empresa privada, se convierte en feria de consumo. Si no abrazos a los buenos amigos y seres queridos que han padecido la montaña rusa de frustraciones productivas a lo largo de las últimas décadas.
Ahora es tiempo de cantar empalagosos villancicos con voces desgarradas de reclamar nuestros derechos, de lucir los dientes chuecos a través de nuestras sinceras y enormes sonrisas, de decorar nuestros hogares con las luces navideñas de nuestra mirada más alegre y esperanzada que en el ya pasado sexenio.
Hoy deseo envolver mis actos en coloridas vibraciones de voluntad otrora sobajada.
Efectivamente me invade el espíritu navideño, pero la natividad del nuevo horizonte; que no la de una imposición ideológica de la más cuestionada de las instituciones mundiales, protectora de oligarcas y pedófilos.
Vayan las coplas de Francisco Gabilondo Soler, para celebrar este diciembre de burbujas, esferas y abrazos:
En lo alto de la sierra
en el jacal de carboneros
cuando era media noche
y temblaban los luceros
a la vida vino un niño
junto a una flor de fuego.
Veinticinco de diciembre
ni día más ni día menos.
Es su madre muy morena
de mirar alegre y tierno;
es su padre un indio fuerte
leñador de puro nervio.
El pelón tiene por cuna
un huacal lleno de heno,
y al llorar, su llanto rasga
la neblina de los cerros.
Ha nacido un nuevo niño
entre ocotes piñoneros
sin saber que nace pobre
porque más, no puede serlo.
Sólo hay mamá risueña
un papá tallado en fierro
y una cruz que lo proteja
en los años venideros.
Navidad de los humildes
en jacal de carboneros:
veinticinco de diciembre
ni día más, ni día menos.
